Nebulosa planetaria del reloj de arenaAstronomía Moderna


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Ultima actualización: 14/11/2005

 

El universo conocido


"Y preparé un tubo, al principio de plomo, y puse en sus dos extremos dos lentes de vidrio, los dos planos de una parte, y de la otra uno esféricamente convexo y el otro cóncavo. Moviendo el ojo a la parte cóncava, vi los objetos muy grandes, lo mismo que muy cercanos. En tres tantos aumentaban los cercanos, y los más grandes se dejaban ver con un aumento de nueve. Pero después construí otro aparato en que con mayor exactitud los grandes objetos crecían hasta sesenta veces su tamaño natural. Y después, sin perdonar esfuerzo ni gasto, llegué a tener un medio muy excelente para que las cosas que yo veía se hicieran miles de veces más cercanas que a simple vista. Son muchos los beneficios que este aparato trae, tanto en la tierra como en el mar. Pero yo dejé todo lo de la Tierra y me entregué a la observación de los cielos."

Galileo Galilei




La Tierra y todo cuanto la rodea, se compone de materia que en un remoto pasado constituyó parte de una estrella.

Quizás, esa estrella explotó, chocó con otro astro, o simplemente su evolución natural la condujo a formar un sistema de cuerpos tal como el que actualmente conocemos.

Esa idea sugiere que con los restos de un astro se forjaron el Sol, el sistema planetario que lo acompaña y varios otros cuerpos que aún pueblan su vecindad. Haber llegado a esa conclusión implicó más de 3.000 años de investigaciones; fue precisa una paciente observación del cielo, un estudio profundo de las leyes de la Naturaleza y, básicamente, la imaginación de hombres inquietos, curiosos y obstinados.

La descripción del Sistema Solar resulta relativamente sencilla; sin embargo, fuera de este sistema, se percibe una gran variedad de objetos que comprueban la complejidad de la estructura del universo.

En la noche terrestre, a ojo desnudo, se ven cinco puntos brillantes que cambian lentamente de posición: son los planetas. Se trata de cuerpos más o menos similares a la Tierra.

Pero la mayoría de las luces que brillan en el cielo nocturno son estrellas; el mismo centro del Sistema Solar es una estrella.

Hay una enorme variedad de estrellas. Geométricamente, algunas son tan grandes que la trayectoria de la Tierra alrededor del Sol cabe cómodamente dentro de ellas; en el otro extremo, existen estrellas tan pequeñas como nuestro planeta y otras todavía mucho más diminutas.

Cambiando la escala de tamaños se observa que muchas de las estrellas se agrupan en grandes conjuntos de cientos o bien de cientos de miles de miembros: los cúmulos estelares.

Las estrellas y los cúmulos estelares, junto con todo el gas y el polvo interestelar, forman parte de un conglomerado todavía mayor, llamado Vía Láctea: objeto denominado Galaxia que contiene en su interior a cientos de miles de millones de objetos.

Pero la Vía Láctea no es la única galaxia en el universo; el número total de estos gigantescos enjambres cósmicos aún es desconocido. Lo que sí se sabe es que también las galaxias se reúnen en grupos, de dimensiones que escapan al sentido común: los supercúmulos de galaxias, objetos celestes colosales.

El conjunto de galaxias define al universo: allí está contenido todo lo que vemos; en la actualidad no se conoce si tiene centro ni tampoco bordes.

Y junto a las galaxias, en las fronteras del universo accesible por los más sofisticados instrumentos, se hallan los quásares: cuerpos intrínsecamente luminosos y extremadamente distantes.

Galaxias y quásares se perfilan como astros claves para definir la estructura que tendría el universo; sobre esta cuestión, de carácter fundamental para la Cosmología, se plantean varios modelos. Ninguno de esos modelos es aceptado por completo, ya que se necesitan más datos observacionales que permitan elegir sólo uno entre ellos.




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